Un escalón, luego otro
16 de Marzo de 2009
Frëgol bajó apresuradamente los rudimentarios escalones para encontrar a su amada. Los pequeños peldaños tallados en la roca parecían no acabar.
Cuando por fin llegó abajo, se fusionó en un cálido beso con la hermosa elfa. Todo parecía irreal, desde los pájaros que trinaban a coro en las ramas de los árboles, hasta el sol que caía tras las lejanas montañas. El momento era digno de una historia de hadas, de esas en las que todo se ve amparado por un alrededor mágico, casi predefinido. Pero esto no era así, esto estaba sucediendo, y ninguno de los dos amantes quería que el momento acabara.
En el momento en que sus dedos se cruzaban con los de su amada, un golpe seco despertó a Frëgol quién se encontraba dormitando en su cama.
Aún recordando el hermoso sueño, y deseando que llegara la noche para realmente poder ver a su amada, se dirigió hacia la puerta. Al abrirla, recibió noticia de que vería antes a su amada.
De todas formas, las noticias no eran buenas.
El guardia que había osado despertarlo y hacerlo levantar de su cama real, tenía buenos motivos, pero malas noticias para darle.
El guardia estaba pálido, y tan sólo balbuceo: “Su amada, se encuentra mal herida, está recostada al pie de la escalera.”
Frëgol bajó apresuradamente los rudimentarios escalones para encontrar a su amada. Los pequeños peldaños tallados en la roca parecían acabarse demasiado rápido. El final de la escalera se acercaba, y Frëgol tuvo que enfrentar la verdad.
Su amada se encontraba agonizante recostada en el suelo. Al oirlo llegar, sus ojos se abrieron, y fue ahí que Frëgol perdió toda su esperanza. Nunca había visto los ojos de Derián tan apagados.
Las palabras que Derián pronunció, quedaron grabadas a fuego en la memoria de Frëgol, quién las recordó para siempre:
“Lo siento, lo siento mucho, lamento dejarte sólo, abandonarte en este mundo lleno de mal, de dolor, de ira. Lo lamento mucho, realmente quería vivir mi vida contigo, quería compartir las joyas si las teníamos, o las migas de pan, si las necesitabamos para comer.
Quería darte todo, pero ahora no tengo nada para darte. Ni siquiera mi vida me pertenece ahora, ya está en manos de las que no puedo arrancarla. Y esas manos tiran con fuerza, me arrastran hacia un lugar donde hay amor, donde el pasto florece siempre verde, donde el Tiempo no transcurre, donde la vida no es más que felicidad y goce, pero donde no estás tu, y donde nunca podrás estar debido a tu condición de mortal.
Te amo, y lamento tener tan poco tiempo para despedirme para siempre.
Nunca volveré a verte, adios vida, adios amor.
Lamento no haber podido disfrutar más tiempo juntos.
Vive bien, se feliz, y casate con la persona que ames, no quedes atado a un recuerdo que nunca será más que eso.
Adios.”
Luego de ordenar que comenzaran a preparar los actos funerarios, Frëgol volvió a subir la escalera hacia su habitación con lágrimas en los ojos, y palabras en la garganta.
Ya no distinguía los peldaños.
De pronto, despertó sobresaltado. Todo estaba bien a su alrededor, la cama, su espejo, el retrato de su amada. Su amada! Dónde estaba, se hallaba ella bien?
Bajo corriendo los escalones y confirmó con uno de sus guardias que estaba en camino hacia aquí y que llegaría al caer la noche.
Sin más se retiró a su habitación.
Pocos días después ordenó que se eliminaran los pequeños peldaños de aquella escalera, y que se pusiera en su lugar una rampa.
Nunca nadie entendió el porque. Locuras de un rey quizá…

