Marcelo Ferreiro

Artículos relacionados a: elfos

El Fin de la Tierra Media

16 de marzo de 2009

Luego de las Cuatro Edades del Sol, luego de la Edad de la Noche, y tres Edades más que dejaron su huella en la Tierra Media.
Cuando los elfos ya habían abandonado la Tierra Media, dejándola sujeta a la suerte de los hombres, cuando los enanos se habían internado en sus oscuras y sombrías montañas, donde terminaron sus largas vidas, y los hobbits, con todos sus cantos y fiestas, a la larga fueron ‘desapareciendo’ a los ojos de los mortales.
Fue ahí, cuando los hombres reinaron y gobernaron el largo y ancho de la Tierra Media. Gobernaban desde las “Montañas Grises” (bien al Norte de la Tierra Media), hasta el desierto casi inhóspito del Harad.
Todo era dominado por los hombres, desde las hermosas llanuras, en lo que antaño fuera Lórien, o las hermosas colinas, donde antes hubiera un lugar llamado Comarca, donde según cuentan las historias, vivían unas personitas muy pequeñas, a quienes se les llamaba Hobbits, pero que con el paso de los años, fueron “extinguiéndose”.
Pero al igual que Isildur cayó en la tentación del Poder del Anillo. El Poder domina todas las débiles almas mortales, y la Tierra Media, comenzó a dividirse, primero en pueblos y ciudades que se enfrentaban por comercio, o riquezas, pero luego de varios años, la lucha por el Poder fue tal, que terminó dividiendo la Tierra en cuatro grandes reinados mortales:

Uno de ellos era Lodor, que se ubicaba en lo que antiguamente fuera Rohan, Gondor, y parte de Mordor.
Lo que anteriormente había sido La Comarca, con sus bosques y sus flores, sus pájaros y sus aromas dulces de una tarde cálida, era ahora el Reinado de Gardos.
Lo que hubiera sido el, ahora devastado, Bosque Negro, paso a ser territorio de los Bazorianos, que defendían el reino de Bazor.
Y por último, Cimnias, cuyo territorio fue lo que en un tiempo fuera la región de Rhun, donde viviera la raza de los Dorwinrim.

Estos cuatro Reinos, se enfrentaron en una absurda lucha por intentar dominar la integridad del mundo, pero la ambición del hombre lo llevó a su ruina.
Los pueblos de los distintos reinados, se enfrentaban brutalmente, en una lucha de todos contra todos, en un intento incoherente de ser el más poderoso, de tenerlo todo, de jugar a ser Valar, creyendo que se puede tenerlo todo, de modificar todo a su antojo. Los hombres eran inteligentes, pero su avaricia era más poderosa que su inteligencia. Pero en esta innecesaria y cruel lucha, nadie podía ganar, o al menos, eso era lo que creían los guerreros de Lodor, Bazor, y Cimnias. Puesto que estos tres Reinados no sabían la sorpresa que los Gardonianos les tenían preparada.

El reinado de Gardos, quizá el menos belicoso de los cuatro, tenía un arma oculta, que podría inclinar la balanza a su favor.
En Gardos, aunque no había tantos guerreros como en los otros reinos, sí había una gran cantidad de magos, y alquimistas, y fueron estos los que descubrieron una innovadora manera de matar. Descubrieron un polvo que mataba mucha gente, más rápido, incluso, que un buen veneno, era un arma que se podría calificar de destructiva e inhumana, ellos la llamaron Pólvora.
Era sumamente eficaz y con pocas cantidades se podía matar y destruir. Y fue esto, lo que por medio del fuego, los llevó a la victoria.
Crearon armas llamadas “bombas” y “cañones”, que fueron más destructivos que cualquier arco o espada. Y así, usando este pequeño gran truco, mataron a todos y cada uno de los habitantes de Bazor y Cimnias, como quién mata un ave para comer, la destrucción fue total, murieron hombres y mujeres; adultos y niños, criaturas de apenas unos años, morían incrustados en el filo de una espada, con la sangre emanando de su pequeño pecho de niño; o atravesados por una o más flechas, que zumbaban todo alrededor; o tal vez, algunos hayan tenido el cruel destino de morir quemados, o por una explosión de esas “cosas nuevas”, a las que los mayores llamaban bombas.
Y al fin, luego de que todos los Bazorianos y Cimnias hubieran muerto, hubieron de enfrentarse los dos mayores reinados: Gardos y Lodor, la lucha fue sangrienta, y ambos bandos se debilitaron mucho, y poco a poco, día a día, las poblaciones disminuían, las huertas se destruían y las casas se quemaban.
Y así fue, la vida siguió, y poco a poco, a medida que el Tiempo, con su persistencia casi mágica, seguía, sólo como él sabe seguir, ajeno a todo y a todos. Sin importar lo que pasara, cada segundo corría detrás de su anterior hermano. Nada lo detenía, ni la muerte, ni la sangre que brotaba de los cuerpos muertos.
Y así continuó.
En las almas mortales, el poder puede más que la vida, y poco a poco los dos reinos, o lo que iba quedando de ellos, se fueron asolando mutuamente, hasta que un día, quedó un único hombre sobreviviente, que buscó infructuosamente en el campo de batalla, en “El Último Campo de Batalla”, algún otro sobreviviente, pero su búsqueda no tuvo éxito alguno, no había hombre ni bestia, niño ni pájaro que pisara aquél devastado terreno de batalla. No encontró nadie del bando contrario, o siquiera del suyo propio. Y así pasó, horas buscando entre los cadáveres, pero fue en vano, lo que está hecho, así se queda. Y aquél hombre recordó en ese momento de ruina, unas palabras que su padre le había dicho cuando aún era pequeño, su padre dijo que eran palabras sabias que un día había dicho un hombre sabio, su padre le dijo: “Muchos de los que viven merecen morir y algunos de los que mueren merecen la vida. ¿Puedes devolver la vida? Entonces no te apresures a dispensar la muerte, pues ni el más sabio conoce el fin de todos los caminos”.
En aquél momento, cuando todavía era un pequeño niño, no escuchó con la debida atención esas palabras, pero en ese momento, las palabras resonaron casi mágicamente en su cabeza.
Estaba sólo, sólo en lo que antes fuera hogar de algún hombre, o refugio de algún aventurero que debió pasar la noche a la luz de la luna. Pero eso no le importó, le importaba estar sólo.
Una sensación que nunca antes había sentido, invadió su mente, su alma y su cuerpo. Era una sensación muy extraña, como de frío, una sensación nueva para él, y para cualquier hombre, o ser viviente que hubiera podido experimentarla. Y de pronto, como de la nada, el cielo comenzó a abrirse, las nubes se esfumaron en un simple soplido de viento, y ahí estaba, era Él, era Eru, el único; y Zarush, el último representante de la raza humana en la Tierra, lo miró, con sorpresa, y miedo. Casi sin saber quién era, aunque si lo imaginaba.
Cuando aún se encontraba en medio de sus pensamientos, una voz bramó como un trueno, que parte el cielo en una noche cálida, unas palabras que sacaron a Zarush de sus pensamientos profundos.
– Mira lo que ha hecho tu raza – dijo la voz, y luego de una pausa, prosiguió – destruyó plantas y bosques, secó ríos y arroyos, incendió ciudades y pueblos, mató, rompió, torturó y destruyó –
A medida que Eru pronunciaba cada una de esas palabras, todas esas cosas pasaban ante los ojos incrédulos de Zarush, que no podía más que observar y llorar.
– Eres el Último Zarush, los hombres, tu especie, ya no es fecunda, la vida ya no tiene sentido en la Tierra, lo que con tanto amor, trabajo y esfuerzo fue creado en una Canción, fue destruido con un Himno de guerra –
Zarush no podía más que pronunciar unos leves balbuceos.
– ¿Quieres que se te conceda alguna gracia especial antes del Final? – Preguntó Eru.
– Sí – alcanzó a decir el hombre, que casi no tenía palabras para hablarle – Sí…, … qui … quisiera que se me conceda el perdón para mí, y mi especie – alcanzó a decir, entre lágrimas y titubeos.
Zarush comenzó a sentir una música hermosísima. Ningún adjetivo podría describir el placer que esa melodía generaba, ni el estado en que Zarush tenía el alma.
A medida que la música proseguía, las cosas desaparecían, se esfumaban en el aire. El fuego, el agua, la roca, los árboles, todo esto desaparecía ante la mirada incrédula de Zarush, quien no lograba entender lo que apreciaban sus ojos. Y por último… …la vida desapareció en toda Ëa.
En un torbellino de rayos, estruendos y luces, desapareció todo lo que quedaba de Ëa, y con ello, Zarush, también desapareció y sólo quedó Vacío.
No quedó ningún rastro de tiempo ni de espacio.
Y en el final, sólo quedó Erú, el Único, que en Arda fuera llamado Iluvatar.
Y así, como de la nada, como en un soplo mágico, se fue, nadie sabe a donde, montado en un blanco y radiante unicornio, tan majestuoso como Él mismo.
Y así, sin más desapareció, y se perdió en la historia de la historia, que nunca será recordada por nadie ni por nada.

Nunca Conoces el Final Hasta que Llega

16 de marzo de 2009

Abrí los ojos, y en la oscuridad advertí dos ojos fríos y calculadores. Sentí miedo, y comencé a correr en la dirección contraria.
Ya hacía varias horas que había perdido la mayor parte del equipaje que llevaba conmigo. Tenía sed y me sentía mareado…

Cuando creí que había corrido una distancia prudente, me senté en el suelo húmedo y frío, y me dispuse a descansar unos minutos hasta recuperar el aliento. Mientras descansaba, pensé en lo difícil que se había tornado este simple paseo por el bosque. Mi único objetivo esa soleada mañana, cuando salí de casa rumbo al bosque, era buscar algunos lisnos, esas flores que tanto le gustaban a Fanaisil. Yo iba a pedirle su mano el lunes, y decidí que los lisnos serían una buena idea.

Mi vida era feliz, vivía en una pequeña casa, tallada en un gran árbol, amaba a Fanaisil, y ella me amaba a mí, me llevaba muy bien con mi familia y amigos, y desde hacía un tiempo venía pensando en declarar formalmente mi amor hacia mi enamorada.
Y ahora, me encontraba secuestrado, perdido en medio de las montañas, corriendo por túneles oscuros sin saber hacia donde me dirijo…
Probablemente no tenga la oportunidad de declarar mi amor hacia Fanaisil, ni de despedirme por última vez de mis amigos y parientes, ni nadar por última vez en el estanque plateado bajo la luz de la luna llena. Cuán rápido pasa el tiempo, cuando poco nos queda; sinceramente no tengo muchas esperanzas de salir con vida de estos oscuros túneles.
Quién sabe en que parte de Arda me encuentre!
Que será de la pobre Fanaisil, nunca podrá saber qué fue lo que me pasó, quizá piense que me enojé con ella, quizá piense que nunca la perdonaré y que por eso me fui. Nunca voy a tener la oportunidad de decírselo, de explicárselo.

Un sopor que el calor convirtió en sueño, invadió de pronto mi cuerpo; poco a poco me fui perdiendo entre mis propios pensamientos, y de pronto me quedé dormido.
A pesar de todo lo que estaba pasando, y de la situación en que me encontraba, dormí profundamente. Soñé que estaba con Ella, y que corríamos y jugábamos en los prados verdes del Oeste. Compartíamos un atardecer y sellábamos un hermoso día, con un hermoso beso.

Pero de pronto, desperté sobresaltado, una gota de agua helada había caído sobre mi mejilla. Cuando logré despabilarme un poco, decidí tomar el camino hacia mi derecha, que de hecho, no sabía hacia donde me llevaría…
Nunca fui bueno para tomar decisiones, pero esa, creo que fue la peor de toda mi vida.

Al poco tiempo de haber comenzado a caminar, sentí el vibrar de los cueros de los oscuros tambores orcos. Mi paso se transformó en trote, y mi andar en huída. Corrí hasta que me dolían las piernas, pero los tambores no disminuían, por el contrario parecían acercarse. De pronto, llegué a una habitación circular, comencé a tantear las paredes en un intento inútil de hallar una puerta o grieta que me permitiera escapar de aquélla húmeda y oscura habitación. Aunque hacía mucho calor, comencé a sentir un sudor frío que recorría mi cuerpo, y me hacía estremecerme.

Me encontraba encerrado, no podía regresar por donde había venido, porque para esos momentos debería de estar infestado de las asquerosas criaturas que gustan habitar esos húmedos y sucios túneles.
Sin más por hacer que esperar mi destino, me acurruqué en el piso, y casi con un instinto infantil, me tapé los ojos con las manos, y comencé a llorar…
No se si de miedo o de tristeza, pero lloré hasta que sentí que ya estaban muy cerca.
De repente, sentí algo que se clavó en mi espalda, y luego el dolor comenzó a expandirse por todo mi cuerpo. Poco a poco, cada músculo se veía petrificado, expectante, sin poder moverse. Y lo último que vi, fue cómo varias criaturas de caras repugnantes se abalanzaban sobre mi.

Había muerto.

Cuando todo termina

16 de marzo de 2009

De pronto, se encontró cara a cara, frente a frente con un personaje divino…
Era la Muerte, allí, vestida de blanco, con su mejor vestido para tan especial ocasión. Él no sabía que decir ni hacer. A lo largo de su corta vida, le habían enseñado muchas cosas, pero nunca nadie le había siquiera mencionado que debía hacer frente a la Muerte, debía correr y gritar, o tan solo sonreír.

De pronto esta habló, sus palabras resonaron como un chillido agonizante en sus oídos, le dolía la cabeza y se sentía mareado.
Puedo concederte algo antes de llevarte – dijo la Muerte, que en realidad no es tan oscura y malvada como todos piensan – ¿hay algo que quieras? – preguntó.
Sí, en realidad sí – comentó preocupado el pobre elfo – deseo ver a alguien antes del fin – pidió casi en súplicas.
Está bien – contestó en tono frío la muerte – Pero tienes sólo dos horas de vida, luego te estaré esperando, debes saber que todos tenemos nuestro tiempo, y el tuyo ya ha terminado – hizo una pausa, – esto es sólo un favor especial, no intentes cambiar nada que no pudiste cambiar en vida – y esto último sonó como un trueno enfurecido que cae sobre la mar tranquila.
Y así, la Muerte, desapareció.

De pronto, abrió los ojos, y estaba en su casa. Un sudor frío había empapado sus sábanas. Acababa de tener un mal sueño.
Aunque luego se acordó que no había sido tan sólo un mal sueño, recordó que tenía dos horas y debía aprovecharlas.
Al ver su imagen reflejada en el espejo, se notó demacrado, tenía ojeras y estaba muy pálido. Un escalofrío recorrió toda su espalda…
El reloj solar indicaba que faltaban casi dos horas para el mediodía. Tomó una capa y una caja antigua que había guardado toda su vida, y se encaminó con lágrimas en los ojos, hacia la casa de Fanaisil, su amada.

Al llegar, luego de una muy breve explicación, lloraron juntos hasta que casi se les acabaron las lágrimas. Cuando ambos estaban un poco más calmados, Él le explicó como había pasado todo.
Fanaisil se echó a llorar, y ambos llorando, se unieron en un beso que resumió todos los besos que habían compartido a lo largo de su relación.

Fanaisil, quiero que escuches esto con atención – hizo una pausa, y agregó en tono triste – ya que probablemente sea la última vez que lo escuches. – Cerró los ojos, y abrió su corazón del cual brotaron cinco letras, las cinco letras más hermosas del abecedario – Te Amo – dijo, y nuevamente se echó a llorar.
Fanaisil no tuvo palabras para contestarlo.
Sólo lloró.

A todo esto, a el pobre elfo le quedaba ya menos que una hora. Anarninquë, que era su nombre, se secó las lágrimas de los ojos, y levantó la pesada tapa de la antigua caja de madera.
Esta es la caja de mis recuerdos – dijo con un nudo en la garganta – que de hecho es casi lo único que me queda. – Y luego prosiguió – Hay en esta caja cosas muy valiosas, como joyas y gemas. Y otras más valiosas aún, como la flor que me regalaste el día que nos conocimos… -
Quiero que elijas una de todas estas cosas, y que entierres el resto con mi cuerpo, cuando muera.
Quiero que un recuerdo de mi vida se transforme en un recuerdo mío en la tuya
.
Está bien – fue todo lo que Fanaisil pudo decir entre llantos entrecortados.
Fanaisil eligió una cosa pequeña de la caja, pero no dejó que Anarninquë la viera. Y en seguida la puso en una pequeña bolsa de piel.

En la cabeza de Anarninquë sonaron fuerte unas campanadas. Se paró, corrió el pelo de la cara de su amada, le secó una gran lágrima que se deslizaba por su mejilla, y beso dulcemente su frente.
Luego se dirigió a la puerta, y la atravesó, sin volverse a mirar atrás.

El corazón de Fanaisil latía fuerte en su pecho, y las lágrimas caían una tras otra por su cara, y luego al piso.
Al traspasar el umbral, vio el cuerpo de Anarninquë en el piso.
Quieto. Sin vida.
Esa noche, cavó en el suelo un hoyo del tamaño de Anarninquë, y tras vestirlo y perfumarlo con esencias especiales para esa ocasión. Lo enterró. Y puso a su lado la gran caja de madera.
También puso en el foso, el recuerdo que él le había regalado…

Luego de un tiempo, y para toda la vida, creció y vivió en aquél sitio, un hermoso y fuerte árbol, nacido de la semilla que ella había escogido de la caja.
Era una semilla de acre que un día habían encontrado juntos.
De esta manera, Anarninquë siempre recordó a Fanaisil, y Fanaisil recordó siempre a Anarninquë…

Un día como todos, cuando Fanaisil fue a regar el árbol, notó en la base de éste una semilla. La tomó con delicadeza, y se dirigió a guardarla en una caja donde siempre guardaba, “pequeñas grandes”, cosas.
Se dirigió a su casa, y recordó algo que solía decir Anarninquë: “La vida está hecha de pasado. Somos un montón de recuerdos, eso somos!
Una lágrima comenzó a caer por su mejilla.
Al traspasar el umbral, cerró la puerta tras de sí.

Un escalón, luego otro

16 de marzo de 2009

Frëgol bajó apresuradamente los rudimentarios escalones para encontrar a su amada. Los pequeños peldaños tallados en la roca parecían no acabar.
Cuando por fin llegó abajo, se fusionó en un cálido beso con la hermosa elfa. Todo parecía irreal, desde los pájaros que trinaban a coro en las ramas de los árboles, hasta el sol que caía tras las lejanas montañas. El momento era digno de una historia de hadas, de esas en las que todo se ve amparado por un alrededor mágico, casi predefinido. Pero esto no era así, esto estaba sucediendo, y ninguno de los dos amantes quería que el momento acabara.
En el momento en que sus dedos se cruzaban con los de su amada, un golpe seco despertó a Frëgol quién se encontraba dormitando en su cama.
Aún recordando el hermoso sueño, y deseando que llegara la noche para realmente poder ver a su amada, se dirigió hacia la puerta. Al abrirla, recibió noticia de que vería antes a su amada.
De todas formas, las noticias no eran buenas.
El guardia que había osado despertarlo y hacerlo levantar de su cama real, tenía buenos motivos, pero malas noticias para darle.
El guardia estaba pálido, y tan sólo balbuceo: “Su amada, se encuentra mal herida, está recostada al pie de la escalera.”
Frëgol bajó apresuradamente los rudimentarios escalones para encontrar a su amada. Los pequeños peldaños tallados en la roca parecían acabarse demasiado rápido. El final de la escalera se acercaba, y Frëgol tuvo que enfrentar la verdad.
Su amada se encontraba agonizante recostada en el suelo. Al oirlo llegar, sus ojos se abrieron, y fue ahí que Frëgol perdió toda su esperanza. Nunca había visto los ojos de Derián tan apagados.

Las palabras que Derián pronunció, quedaron grabadas a fuego en la memoria de Frëgol, quién las recordó para siempre:
“Lo siento, lo siento mucho, lamento dejarte sólo, abandonarte en este mundo lleno de mal, de dolor, de ira. Lo lamento mucho, realmente quería vivir mi vida contigo, quería compartir las joyas si las teníamos, o las migas de pan, si las necesitabamos para comer.
Quería darte todo, pero ahora no tengo nada para darte. Ni siquiera mi vida me pertenece ahora, ya está en manos de las que no puedo arrancarla. Y esas manos tiran con fuerza, me arrastran hacia un lugar donde hay amor, donde el pasto florece siempre verde, donde el Tiempo no transcurre, donde la vida no es más que felicidad y goce, pero donde no estás tu, y donde nunca podrás estar debido a tu condición de mortal.
Te amo, y lamento tener tan poco tiempo para despedirme para siempre.
Nunca volveré a verte, adios vida, adios amor.
Lamento no haber podido disfrutar más tiempo juntos.
Vive bien, se feliz, y casate con la persona que ames, no quedes atado a un recuerdo que nunca será más que eso.
Adios.”

Luego de ordenar que comenzaran a preparar los actos funerarios, Frëgol volvió a subir la escalera hacia su habitación con lágrimas en los ojos, y palabras en la garganta.
Ya no distinguía los peldaños.

De pronto, despertó sobresaltado. Todo estaba bien a su alrededor, la cama, su espejo, el retrato de su amada. Su amada! Dónde estaba, se hallaba ella bien?
Bajo corriendo los escalones y confirmó con uno de sus guardias que estaba en camino hacia aquí y que llegaría al caer la noche.
Sin más se retiró a su habitación.
Pocos días después ordenó que se eliminaran los pequeños peldaños de aquella escalera, y que se pusiera en su lugar una rampa.

Nunca nadie entendió el porque. Locuras de un rey quizá…

  • Categorias

  • Archivos

    • 2012 (19)
    • 2011 (18)
    • 2010 (29)
    • 2009 (106)
    • 2008 (160)
    • 2007 (133)
    • 2006 (77)
  • Blogs amigos

  • Páginas amigas